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21 - Después del evento

Tres días después.

—¿Está muerto o qué?

Noa se subió a la cama y le dio un puntapié en la cabeza a León.

Muun dio un par de saltitos junto a la cama.

—¡Hermana, no puedes patear así a papá! ¡Eso es de mala educación!

—Los niños no se meten cuando los adultos hablan.

—¡Hmph!

Entonces Muun miró a Roshwitha con cara preocupada.

—Mamá, papá estaba bien hasta hace unos días. ¿Por qué de pronto volvió a desmayarse?

Roshwitha observaba a León sin ningún tipo de expresión.

—Tal vez le dio... una enfermedad repentina.

Quién demonios sabía por qué esa noche, tres días atrás, ese imbécil se volvió loco de repente y se lanzó contra ella como si quisiera desquitarse con todo su cuerpo.

Roshwitha le advirtió. Le dijo con todas sus letras: “Más te vale no hacer eso, o cuando todo termine, te juro que te mato”.

Y León sabía perfectamente a lo que se arriesgaba.

Pero lo hizo de todos modos.

Y no sólo lo hizo, sino que lo disfrutó.

¿Y tú crees que Roshwitha se iba a quedar tranquila?

Obviamente no.

Jamás iba a dejar que se saliera con la suya tan fácil.

Lo que no se esperaba era que, con un solo puñetazo, lo dejara inconsciente durante tres días enteros.

—¿Papá no estará a punto de dormirse otra vez por dos años como antes? —dijo Muun, con desesperación en la voz—. ¡Si para cuando despierte ya soy una dragona grande, ya no va a poder abrazarme!

—Aunque seas grande, él puede cargarte igual.

Noa volvió a pisarle la cara a León con su pequeño pie descalzo.

—Para mí que está fingiendo.

—Bueno, salgan a jugar un rato ustedes dos —dijo Roshwitha.

—Sí, madre.

Noa estaba por bajarse de la cama, pero lo pensó mejor y, con toda la intención del mundo, caminó sobre el estómago de León para cruzar al otro lado.

Muun se asustó tanto que se tapó los ojos con ambas manos.

Después de que lo pisaran tantas veces y aún no se despertara... quizá sí que no estaba fingiendo.

Ya con los pies en el suelo, Noa tomó de la mano a Muun y salieron del cuarto.

Muun miró a su padre inconsciente con ojos brillosos y le susurró:

—Papá... cuando despiertes... acuérdate de lavarte la cara, ¿sí?

Clac.

Las dos dragoncitas salieron del dormitorio.

Roshwitha seguía mirándolo con esa frialdad habitual, completamente indiferente.

—Si sigues fingiendo... la próxima que te pise el estómago no va a ser Noa.

—¡Agh, me duele, me duele, me duele! ¡Joder!

León se levantó de golpe como si volviera de entre los muertos, y comenzó a retorcerse sobre la cama abrazándose el abdomen.

—¡Esa mocosa tiene pies de acero o qué...!

—La densidad ósea de los dragones es mayor que la de los humanos. ¿No lo notaste cuando cargas a Muun?

—Lo noté.

—¿Y entonces para qué preguntas?

—¿Y si pregunto qué, tú me tienes que responder? ¿Acaso te obligué?

—... Ojalá te mueras, León.

Roshwitha alzó la mano y comenzó a reunir energía mágica.

León enseguida agarró la almohada y la usó como escudo frente a él.

Sabía perfectamente que una almohada no servía de nada frente a un hechizo que podía borrar una montaña entera, pero pensó que si tenía que morir, al menos quería apoyar la cabeza en algo cómodo.

Roshwitha resopló con desdén, chasqueó los dedos y disipó la energía.

León, al notar que no venía el ataque, bajó lentamente la almohada.

Sabía que Roshwitha no lo mataría de verdad.

Si hubiera querido hacerlo, lo habría hecho mientras estaba inconsciente. ¿Para qué esperar a que despertara?

La verdad es que después de lo que pasó aquella noche, ella le metió un puñetazo que lo dejó fuera de combate por tres días.

Y no es que estuviera tan débil como para no resistirlo.

El problema era que toda la energía que había acumulado en esos días la gastó desquitándose con Roshwitha.

Y luego de eso, su barra de energía quedó completamente vacía.

Después de esa noche, ni siquiera Noa necesitaba mucho para dejarlo fuera de juego.

—¿Vas a decirme qué demonios estabas pensando esa noche?

—¿Qué que estaba pensando? Un cazador de dragones que quiere usar todos los recursos posibles para combatir a una Reina Dragón. ¿Te cuesta tanto entenderlo?

—¿Todavía estás pensando en resistirte?

—¿Y por qué no?

Fue una respuesta desafiante, descarada. León creyó que con eso se ganaría otro golpe o un hechizo fulminante.

Pero para su sorpresa, lo que apareció en los ojos de Roshwitha no fue furia, sino asombro.

Y tras un instante de desconcierto, ella sonrió con calma.

—Muy bien. Tienes agallas, cazador de dragones.

Esta vez, cuando lo llamó cazador de dragones, lo hizo con toda la seriedad del mundo. Nada que ver con el desprecio burlón de aquella cena.

León pensó que tal vez, sólo tal vez, ella había entendido.

Había entendido que fue precisamente ese desprecio el que lo empujó a hacer algo tan loco.

Así que después de lo que pasó, quizás ahora ella empezara a tenerle un poquito de respeto.

—Debo admitirlo, León. Te has ganado el título de “el más fuerte”.

Porque la fuerza no es sólo física. También está en el alma.

Roshwitha lo admiraba de verdad por su voluntad de proteger su dignidad y su humanidad.

Por supuesto, eso también la motivaba a seguir torturándolo a su manera en el futuro.

Cuanto más se resistía... más le interesaba.

—Hmph. Gracias por el cumplido.

¡¿Ven lo que digo, familia?!

¡El estatus en una relación se gana con lucha!

¡Esta vez, León ganó!
¡Ganó el humano!

¡Escriban "LEÓN GANÓ" con letras gigantes en las murallas del Santuario de la Reina Plateada, gracias!

—Bueno, deja de sonreír como idiota. Ponte algo de ropa. Vamos a salir.

—¿Eh? ¿Salir contigo? ¿A dónde?

—Lo que te prometí. Enseñar a Muun a escribir su nombre. Si lo haces, te dejo venir conmigo a dar un paseo.

León levantó una ceja.

—¿Así que sí cumples tus promesas?

Roshwitha soltó una risita.

—Piénsalo como pasear al perro. De paso, fingimos ser una pareja feliz para que los demás no sospechen.

Se dio vuelta, fue al ropero, y le lanzó unas prendas de ropa.

León empezó a vestirse mientras preguntaba:

—¿Y tú no eres ya la Reina de los Dragones? ¿Qué te importa lo que digan tus súbditos?

—Cuando se hace un show, se hace bien.

—OK, OK. Como digas.

Entonces, justo cuando estaba abrochando el cinturón, se detuvo de golpe y preguntó:

—Entonces... lo de hace tres días... ¿lo vas a dejar pasar así nada más?

Roshwitha le daba la espalda, pero al oír eso, sus labios se curvaron en una sonrisita peligrosa.

—Por supuesto.

Por supuesto que no lo iba a dejar pasar.

¿Estás de broma? ¿Una Reina Dragón humillada así como así?

León asintió.

—Bien, me parece justo.

—Apúrate en vestirte. Bajamos en un rato.

—Ajá.

Aproximadamente diez minutos después, León y Roshwitha salieron juntos del Santuario de los Dragones Plateados.

Los miembros del clan que estaban afuera los miraron con sorpresa.

Si no recordaban mal, esta era la primera vez que Su Majestad y su esposo aparecían juntos en público.

Incluso su boda había sido en secreto, sin invitar a nadie...

Bueno, eso fue lo que Su Majestad dijo.

También dijo que su marido era un gran partido. No fumaba, no bebía, no andaba con otras.

Y luego se desmayó y quedó en coma durante dos años.

Su Majestad sólo dijo: “No pasa nada. Yo lo amo, él me ama, y viviremos tranquilos y felices”.

Y ella dijo...

Bah, da igual.

Ya no valía la pena recordar lo que ella dijo.

Porque por fin, por fin, había salido a caminar con ese esposo tan misterioso. ¡Y todos estaban listos para el chisme!

Y no sólo ellos. Desde el balcón del piso superior, también estaban mirando dos pequeñas figuras.

—¡Mira, mira, hermana! ¡Papá y mamá están caminando juntos! —dijo Muun, apoyada sobre la baranda, señalando entusiasmada.

Noa echó un vistazo, pero enseguida apartó la vista.

—¿Y eso qué? No tiene nada de especial.

—Pero es que hacen tan buena pareja...

—Ajá.

Como Noa no parecía interesada, Muun empezó a recitar su propio trabalenguas:

—Papá ama a mamá, ama a Muun y también ama a la hermana~

Noa se quedó en silencio. Frunció el ceño y resopló.

—¿Que me ama?

—¡Sí, sí!

—¿Me ama, pero ni siquiera sabía mi nombre? Qué clase de amor es ese.

Muun parpadeó, y luego se puso a buscar en sus bolsillos.

—¡Ah, aquí está! ¡Mira, hermana!

Era un pedazo de papel arrugado, en el que había un nombre escrito:

Noa K. Melkveil

La caligrafía era bonita y ordenada. Se notaba que estaba escrita con cuidado.

—Nada mal, Muun —dijo Noa.

—Lo escribió papá —dijo Muun, con orgullo.

—Qué letra más fea.

Muun: ...

—Usó tanta fuerza que casi rompe el papel. Los trazos están duros, como si no supiera escribir. Esa K está chueca, da grima.

Noa despotricaba como una pequeña metralleta, quejándose de cada defecto.

Muun bajó la cabeza y jugueteó con los dedos.

—Entonces... si no te gusta, se lo devuelvo a papá...

—No. Si ves letras tan feas todo el día, vas a escribir igual de mal.

—Oh... entonces voy a salir a jugar.

Muun salió dando pasitos cortos.

Una vez que confirmó que su hermana menor se había ido, Noa se acercó sigilosamente a la cama.

Se agachó y sacó una vieja caja de madera cubierta de polvo.

Sopló la tapa, sacó una pequeña llave y abrió el candado.

Dentro de la caja, había un pedazo de metal negro.

Con sumo cuidado, Noa colocó dentro la hoja donde estaba escrito su nombre.

Luego cerró la caja, la volvió a guardar bajo la cama y se levantó.

Corrió de nuevo al balcón.

Desde allí, su mirada se posó sobre la espalda de León.

Y tras un largo silencio, murmuró en voz baja:

—¿De verdad... nos amas?

1.8
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